Te lo dije.
Te dije: ¡Venga! ¡Ven por mí!
No me digas que no.
No te mientas, que hasta aquí
puedo escuchar la descarga de deseos que transportas.
Te lo dije.
Y el espacio entre tus ojos y mi boca se llenaba de luciérnagas.
Lo sabes, porque
de tu cuerpo encrespado por las dudas
saltaban gotas de mar en las despedidas.
Sedientas,
sabían que lo sabías.
Y cuando
alzabas tu mano al viento y me regalabas un sonrisa,
era para esparcir las semillas
que brotarían en mí
hasta tu próxima venida.
No me mientas,
sabías que lo sabía.

