
Salvo quizás, por esa casi imperceptible gota de sangre seca me hubiera atrevido. Pero cómo decírselo. Todo parecía seguir un ritmo establecido y de repente esto. Me aleje un poco para tomar aire, la situación era cada vez más tensa pero nadie a mi alrededor parecía percibirlo. Nuevamente me acerqué lentamente a ventanilla, y ahí estaba. La claridad del cristal sólo acentuaba su presencia en el mismo centro. La oficinista me reclamaba insistentemente la cantidad acordada. Me afloje la corbata, retire a mis bolsillos las joyas y el reloj, nadie supo entonces que aquel tiburón se había vuelto vegetariano.