Las torres eléctricas avanzan a grandes zancadas sobre el bosque bajo de encinas, y en los claros se adivina una terrumbre rojiza-sangre ante el plomizo sol del mediodía. Al poco se abren los campos de cereales y sobre los collados dorados la carretera serpentea entre los pueblos. Al fondo las torres de los antiguos mataderos, el despuntar de los enormes depósitos de cereales y más cerca palomares derruidos y montículos de piedra que respiran el frescor de las bodegas.
Si cogiésemos la comarcal hacia Medina de Rioseco llegaríamos en cinco minutos a la autopista de León y de allí a Pucela de un tirón. La conducción es fácil pero la vista muy diferente.
A nuestro paso se abren las cortinas de los portones y desde la solana se adivina la silueta arrugada de los ancianos del lugar saludando a los coches. Nosotros como gente de ciudad que somos respondemos con algo de desidia que además por la calor que estamos sufriendo nos queda un pelo chulesco. De poco uno piensa que son versados en la gama automovilística porque descubres cómo te siguen con la mirada hasta adivinar la matrícula y entonces se les abre una mueca que bien podría ser una sonrisa. Al rato nos frenamos ante un rebaño de ovejas churras que se alimentan de lo que dan los vados de la carretera y están a bien educadas que no hacen ni el más mínimo caso a los sonidos provenientes de los vehículos. Si las miras bien a los ojos puedes ver el mismo desdén con el que nos despedimos kilómetros atrás de sus convecinos.
Ahora es el peor momento para recordar que había otra ruta, pero se hace, porque ante el fulgor de la derrota esta el placer de picar en la herida.
“He de recordar que no se toma la autopista porque es de todos sabido que tiene una curva incomprensible” Nos repite. “Es una “U” cerrada que de punta a punta se llega con la mirada y sin embargo se tiene que recorrer por cojones más de un kilómetro de rodeo, ¡Y que no me da la gana!” Y nos lo cuenta con aspamientos para reafirmar algo que ya sabemos. La incomprendida curva se hizo así para proteger la pista principal del aeropuerto de Villanubla, que se ha venido a más de aquí a unos años dada la dimensión de la ciudad que fue creciendo en directa proporcion al abandono de los jovenes de estos pueblos. Como también lo hizo él. Y entre medias o después, la mano de obra escasa llevó a arrancar la mayoría de los majuelos y se dio paso a la riqueza cerealista, a la maquinaria pesada y a la alta productividad. Poco falta para que ni la oveja churra se libre porque las hay extranjeras mucho más especializadas… pero de poco nos sirve en este momento comprender una curva, las ovejas o a él. La espera da paso al aturdimiento, y en la parte de atras del coche acabamos cabeceando el cristal y rezongando un “¿llegamos ya?”…
Recuerdo aquellos tiempos con la dulce impronta que dejan los veranos en la niñez. Ahora que vuelvo a la ciudad en avión advierto desde el cielo aquella “U” que rodea la pista de aterrizaje y me imagino los semblantes torcidos surgidos de los conductores que toman esa abierta y prolongada curva en constante sentido de giro, que a su vez son observados por los ancianos del lugar con una mueca en la boca y que a su vez son mirados con desdén por las ovejas churras…
Y me dejo mecer en un tenue sueño que me lleva a despertar en Tierra de Campos.