
Lo que vi fue lo siguiente:
Desde lejos. Iban cuatro. Se movían como serpientes. Arrastraban las patas hacia el negro rebaño. Como si sus patas estuvieran muertas. Arrastrando sus flacos cuerpos sobre la roca.
Al principio ni siquiera reconocí que fueran seres humanos. Y ni se me hubiera ocurrido que podían ser sioux. Creí que serían perros oscuros o algo así. Profundos agujeros en la pradera. Agujeros en movimiento. Me resultaba imposible dejar de observar su avance. No tenía miedo. Sabía que los carromatos se estaban alejando. Sabía que estaban dejándome atrás. Pero no tenía miedo.
Les vi saltar. Los cuatro a la vez. Derribaron al enorme buey. Le rajaron la garganta con sus cuchillos. Le abrieron el vientre de punta a cabo. La barriga cayó al suelo. La membrana se rompió. Las tripas se desparramaron por la pradera, humeantes. Empezaron a escocerme los ojos. Les oí cantar. En realidad no era una canción. Extraños gritos mientras le arrancaban la lengua y se la comían entre los cuatro. Cuando el buey todavía se estaba estremeciendo. Cuando sus patas traseras empezaban a quedarse agarrotadas. Y la cola zigzagueaba.
Se elevaron delgadas columnas de polvo y seguí el polvo con la mirada. Al fondo asomaban las moles de los Tetones. Azules. Y vi brillar esas montañas. Y me acordé de Boston. Y eché de menos mi piano. Y no podía creer que mi piano se encontrase en el mismo mundo, que viviera en la misma época, ni que yo nunca volvería a ver Boston.
17/7/80
San Anselmo, Ca.
Crónicas de Motel, Sam Shepard. Editorial anagrama, pag. 115