Miraba al cielo rebosar de nubes rellenas de luz estancada,
cuando pase rozando su coronilla con la punta de mis dedos, acariciando las briznas de su piel tan suavemente.
Se estremeció de tal manera mientras daba la espalda al infinito.
¡Absurdo! me dijo mirándome a los ojos,
y cayó al pie del acantilado.


